Llegué a Estados Unidos en 2008 siendo conservador. Mis valores siguen ahí; los conservadores, no.
Por qué ya no soy conservador
Parte de la guía La libertad en EE. UU.: qué significa en la ley y en el día a día
Lo que pasa hoy en la derecha política de EE. UU. ya no tiene nada que ver con los ideales conservadores clásicos. Ronald Reagan parecería hoy demasiado moderado y no tendría ninguna opción como candidato republicano a la presidencia. Los conservadores estadounidenses de ahora lo abuchearían.
- 1Una infancia y juventud tranquilas en la provincia de Baden
- 2Chicos formales, disciplina y orden
- 3La promesa de salvación del capitalismo
- 4¡América!
- 5La economía mundial al borde del abismo
- 6Mi idilio con Sean Hannity, Bill O’Reilly y Laura Ingraham
- 7Ingenuidad y falta de responsabilidad histórica
- 8Ninguna contradicción aparente con el cristianismo
- 9Descansa en paz, Jim
- 10La muerte de Jim y su simbolismo político
- 11No he cambiado yo, han cambiado los conservadores
- 12Reagan frente a Trump: antes y ahora
- 13Qué falla en la ideología de los conservadores estadounidenses de hoy
- 13.1Oligárquica: los conservadores de EE. UU. luchan por redistribuir de abajo hacia arriba
- 13.2Nihilista: el movimiento conservador ya no defiende nada
- 13.3Absurda: la política conservadora en EE. UU. va contra el sentido común
- 13.4Dañina: la política conservadora actual va deliberadamente contra el bien común
- 14Lo que me queda y lo que viene

Pensar que el presidente de Estados Unidos representa hoy a los conservadores del mundo occidental, o incluso a todo el orden occidental, es absurdo.
Por eso yo tampoco me llamo ya conservador. La palabra despierta hoy demasiadas asociaciones negativas. Ya no me identifico con el movimiento conservador. En cierto modo, como muchos otros exconservadores, me he quedado huérfano político, al menos en EE. UU.
No va conmigo despachar a los estadounidenses con generalizaciones ni alimentar prejuicios antiamericanos. Un país de unos 342 millones de habitantes es tan complejo y variado que cualquier generalización sería ingenua.
Y, aun así, Estados Unidos, o al menos el que vemos en las noticias, se nos ha vuelto ajeno en los últimos 20 años. Esta tendencia empezó, como muy tarde, con la presidencia de George W. Bush y el apogeo del neoconservadurismo.
Es cierto que Barack Obama fue presidente de 2009 a 2017, y cabría pensar que su mandato dio al país un empujón en otra dirección. Nada de eso: las voces del populismo de derechas no se apagaron durante su presidencia, más bien al contrario. Su fama de ultraliberal hizo que la derecha cerrara filas y subiera el tono. Por no hablar de que los republicanos le bloquearon prácticamente en el Congreso.
Los cínicos dirán que el propio Obama, premio Nobel de la Paz, actuó como un neoconservador en lo militar y se metió constantemente en los asuntos de otros países. Puede ser. Pero aquí no hablamos de Obama, sino de los conservadores. De Obama ya hablaremos en otra ocasión.
Así, la elección de Trump fue solo el punto álgido prematuro de una larga deriva del movimiento conservador estadounidense hacia el populismo y un nihilismo obsesionado con el poder.
1Una infancia y juventud tranquilas en la provincia de Baden
Crecí en una familia conservadora, en plena provincia del suroeste de Alemania, en la preciosa Friburgo. Padre empresario, madre ama de casa. Siete hermanos menores. Católicos.

Precisamente ese aire provinciano era lo que me atraía de Friburgo: el mundo idílico de sus casas burguesas medievales, impecables y llenas de geranios de colores, y las tiendas elegantes del casco antiguo eran totalmente mi estilo. También me caían bien los antiguos sesentayochistas que habían vuelto al regazo de la burguesía y que Friburgo parecía atraer como un imán: habían cambiado la vida en comuna por una carrera de arquitecto o abogado y ahora vivían en pisos señoriales de finales del XIX en el barrio de Wiehre. Con parqué y techos de escayola, por supuesto. Se habían convertido en lo que siempre habían temido como a la peste: parte del establishment. Un poco carcas. Votaban a los Verdes y se creían, ellos y Friburgo entera, el ombligo del mundo. «Capital ecológica mundial» y todo eso.
Y, claro, en Friburgo siempre ha habido estudiantes, muchos ya colocados desde por la mañana, pedaleando junto al río Dreisam con su jersey de punto y sus sandalias de corcho.
Sí, la vida en Friburgo era plácida o, por citar el título de una película, «la vida es un largo río tranquilo».
Y esa placidez cuidada de mi juventud, la calidad de vida del sur de Alemania y la burguesía segura de sí misma que viví en Friburgo me siguen marcando hoy.
2Chicos formales, disciplina y orden
En casa, con todo el cariño, había cierta disciplina: mi madre nos prohibía tajantemente a mis hermanos y a mí llevar el pelo largo, pendientes e incluso zapatillas de deporte por la calle. Los vaqueros desgastados eran tabú. Y, por supuesto, la revista juvenil Bravo, con sus fotos de adolescentes granujientos desnudos rozando lo pedófilo.

Mis hermanos y yo teníamos que aprender a tocar un instrumento. El pop o el rock solo se podían escuchar en casa con auriculares. Y aunque luego con mis propios hijos lo hice de otra manera, de adolescente esas normas me parecían lógicas. No sentía ninguna necesidad de rebelarme. La rebeldía juvenil no iba conmigo.
No es de extrañar, pues, que ya de adolescente me considerara conservador. Margaret Thatcher y Ronald Reagan eran políticos a los que admiraba (y sobrevaloraba). Creía en valores como la libertad y la responsabilidad personal, el esfuerzo y el espíritu emprendedor.
Por ejemplo, no entendía en absoluto qué podía tener de atractivo el estilo de vida pasivo y ocioso del típico estudiante eterno de Friburgo. ¿Quién iba a pasarse años «tirado» y dejándose llevar por gusto? ¿Y encima a costa de papá, un empresario que trabajaba duro para financiarle al retoño una vida de vago?
3La promesa de salvación del capitalismo
Cultura del esfuerzo, trabajo duro, llegar a algo sin depender de los padres ni de la sociedad: eso me parecía justo. Tenía sentido. Por eso, para los conservadores europeos, el sistema económico estadounidense y el capitalismo del laissez-faire eran lo máximo. Esperábamos que algún día los sistemas sociales y de protección europeos, a nuestro juicio demasiado generosos, se recortaran hasta el nivel de EE. UU.

Curiosamente, no quería ver que esa postura pudiera chocar con la fe cristiana que ya tenía muy arraigada de joven.
Eran los tiempos de la Guerra Fría y, a nuestros ojos, la única alternativa al modelo estadounidense era el terror comunista al estilo soviético, tal como nos lo enseñaban en el colegio. Así que nos alegrábamos de que Alemania fuera un Estado vasallo de Estados Unidos y de que América nos protegiera de las hordas rusas con sus misiles Pershing. El presidente Reagan representaba entonces no solo a EE. UU., sino a todo el orden occidental (el nuestro). Y los conservadores europeos agradecíamos tener un mascarón de proa como él.
Queríamos que los políticos de la República de Bonn, siempre pendientes del consenso y el equilibrio, actuaran un poco más a la americana y no fueran tan «blandengues». Que a veces fueran duros. Que sacaran adelante decisiones impopulares.
4¡América!
Unos 20 años después, en 2008, me mudé con toda la familia de Londres a Estados Unidos, en concreto a Miami, Florida.

¡Por fin! Se cumplía el sueño de mi vida y creía haber llegado al lugar donde me quedaría hasta el final de mis días.
Si antes me había mudado por ofertas de trabajo de Alemania a Suiza y de allí al Reino Unido, el salto a Estados Unidos no fue tanto por mi carrera como por motivos personales.
Aquí encontrarás más información sobre tus opciones de visado si tú también quieres mudarte a EE. UU.
Siempre había amado y admirado América. Estaba convencido de haber aterrizado en el país de la libertad y de las oportunidades ilimitadas. El país que, en mi infancia y juventud durante la Guerra Fría, solo conocía por series como «El coche fantástico», «El equipo A» y «El hombre que cayó del cielo».
Estados Unidos era el país de Ronald Reagan, que junto a Maggie Thatcher y el papa Juan Pablo II había derrotado al comunismo. Era el país que liberó a Alemania del yugo nazi y después ayudó generosamente a los alemanes con créditos para la reconstrucción.
También en décadas posteriores los estadounidenses asumieron un papel activo en Europa, por ejemplo en la guerra de Yugoslavia, cuando los europeos, timoratos, se limitaron a mirar cómo en Srebrenica (a menos de 1.500 kilómetros de Friburgo) eran masacrados 8.000 bosnios.
Estados Unidos era el país donde se podía pasar, como dice el tópico, de lavaplatos a millonario. Quien trabajaba duro podía llegar lejos. A los aprovechados no se les premiaba con ayudas sociales: se quedaban con las manos vacías.
Y América era el país de la libertad, donde ningún Estado te dictaba que necesitabas un seguro médico ni cuánto tenías que ahorrar para la jubilación.
Aquí no había medios bendecidos por el Estado como la ARD, la ZDF o la BBC. Aquí las cadenas de televisión tenían que financiarse solas y ofrecer una programación tan buena que las empresas quisieran apoyarla con sus presupuestos de publicidad.
En Estados Unidos, el litro de gasolina costaba 0,50 €, porque el Estado no apretaba las tuercas con el impuesto sobre hidrocarburos para dar a los ciudadanos lecciones de política medioambiental.
En EE. UU., los padres no estaban obligados a llevar a sus hijos al colegio si, por ejemplo, sentían que la escuela era académicamente floja y solo servía para transmitir propaganda estatal a los alumnos. Aquí uno podía asumir por su cuenta la responsabilidad de la educación de sus hijos.
En Estados Unidos, cualquier ciudadano puede comprar armas. El paternalismo y las trabas estatales sobre la tenencia de armas a las que estamos acostumbrados en Europa no existen. A los ciudadanos se les trata como adultos responsables, no como niños pequeños.
Y en Estados Unidos no había impuesto religioso. Aquí las iglesias tenían que convencer tanto con su mensaje que los fieles contribuían voluntariamente a su comunidad.
Apoyaba con entusiasmo cada una de estas posiciones conservadoras, y en parte lo sigo haciendo hoy. Cuando alguien me preguntaba qué me gustaba tanto de vivir en EE. UU., ponía estos ejemplos. Era ese espíritu de libertad lo que me fascinaba de la vida en Estados Unidos. Creía haber encontrado por fin mi verdadero hogar.
Por escrito: qué visado encaja contigo y con tu familia, elaborado con los abogados de inmigración del equipo.
5La economía mundial al borde del abismo
Llegamos a Florida justo la semana en que quebró Lehman Brothers y la economía mundial se precipitaba hacia el abismo. Después, Barack Obama fue elegido presidente de EE. UU.

La elección del primer presidente negro, y encima un socialdemócrata con el segundo nombre «Hussein», puso a toda máquina el aparato de los medios conservadores estadounidenses durante los ocho años siguientes. Los conservadores apuntaron contra Obama al instante.
Los creadores de opinión de la derecha culparon enseguida de los dramáticos trastornos económicos al nuevo presidente, que asumió el cargo en enero de 2009. Reinaba un ambiente apocalíptico que los programas conservadores de radio y televisión explotaban con deleite: el precio del oro alcanzó máximos desconocidos, el movimiento prepper vivió un auge y muchos estadounidenses empezaron a acumular armas, munición y conservas en el garaje para estar preparados ante cualquier eventualidad.
2009 marcó también el nacimiento del movimiento Tea Party, que unió a las fuerzas del bando conservador y republicano que luchaban contra las élites políticas y académicas que, según sus seguidores, habían hecho posible la victoria de Obama.
El Tea Party se situó claramente a la derecha del establishment republicano y lo arrastró literalmente tras de sí. En las elecciones de mitad de mandato del otoño de 2010, numerosos demócratas y republicanos moderados fueron desalojados de sus cargos por candidatos del Tea Party, impulsados por unos medios conservadores que los mimaban y les daban voz sin parar en sus programas.
6Mi idilio con Sean Hannity, Bill O’Reilly y Laura Ingraham
Y yo absorbía con avidez, como una esponja, los mensajes de Rush Limbaugh, Sean Hannity, Michael Savage y Glenn Beck. La radio de tertulia y Fox News eran para mí parte de la experiencia americana. Me decía que, si querías ser conservador, eso venía en el lote.

Para mí, los presentadores conservadores eran los herederos de Reagan y garantizaban que su mensaje se conservara auténtico. Se llamaban a sí mismos «Reagan Conservatives», hablaban sin parar del expresidente y de sus logros, y de cómo Obama traicionaba su legado.
Y aunque algunas de las tesis me parecían burdas y exageradas, sentía que había muchísimo en común, una afinidad que coincidía en gran parte con mis propias convicciones: pro empresa, pro familia, pro tradición, pro bajada de impuestos, pro cristianismo, pro libertad, pro vida, etc.
Me fascinaba que en EE. UU. también encontraran un público amplio opiniones distintas del discurso político dominante con el que los medios europeos nos han adormecido desde siempre. Fue una experiencia totalmente nueva e impresionante para mí.
Acostumbrado en Europa a lo que yo consideraba la información siempre escorada a la izquierda de los grandes periódicos y cadenas de televisión, allí la radio de mi pickup escupía sin descanso un tipo de comentario político completamente distinto, radio de tertulia en estado puro: cargado de emoción, abiertamente provocador, burdo, despiadado y desvergonzado:
- Obama es un comunista encubierto;
- Obama quiere quitarnos las armas;
- Obama ni siquiera es estadounidense;
- Obama es un vago y solo juega al golf;
- Obama es racista y odia a los blancos;
- enviad más tropas a Irak;
- someter a los sospechosos de terrorismo al waterboarding;
- invadir Irán;
- el seguro médico no es un derecho de todos;
- un romanticismo sureño que blanquea la esclavitud;
- en contra de la protección del medio ambiente;
- en contra de la protección social;
- los cristianos son los verdaderos perseguidos en EE. UU.;
- la pena de muerte es buena;
- los ricos pagan demasiados impuestos;
- gastamos demasiado poco en el ejército;
- hay que desearse «Feliz Navidad», no solo «Felices fiestas»;
- hay que flexibilizar las leyes sobre armas;
- nos están invadiendo los inmigrantes ilegales;
- los musulmanes son peligrosos;
y así sucesivamente.
Estas y otras tesis, algunas aún más disparatadas, se difundían entonces, igual que hoy, con vehemencia por las ondas estadounidenses 24 horas al día. Y con la pronta llegada del uso masivo de las redes sociales y la expansión de los smartphones, uno podía empaparse de ellas en formato multimedia a cualquier hora del día o de la noche.
7Ingenuidad y falta de responsabilidad histórica
Aunque a menudo no podía estar de acuerdo con estas tesis, me convencía de que debía buscar lo que nos unía y no lo que nos separaba, y de que con el tiempo llegaría a entenderlas.

También era consciente de que EE. UU. no es Europa y, muy especialmente, no es Alemania. En Alemania nos hemos enfrentado a fondo con nuestro pasado nacional, en parte muy poco glorioso, y la conciencia de aquellos años, los más oscuros de nuestra historia, sigue marcando hoy cómo abordamos y comunicamos los temas políticos.
Esta conciencia de responsabilidad por el propio pasado es completamente ajena, sobre todo, a los conservadores estadounidenses. Falta cualquier atisbo de reconocimiento de las atrocidades cometidas por estadounidenses, por ejemplo contra los nativos americanos, los esclavos de origen africano o la población civil de Hiroshima y Nagasaki.
Era muy consciente de esa autoestima nacional ingenua, acrítica e irreflexiva de los estadounidenses, y atribuía la fanfarronería de la radio de tertulia americana a esa falta de humildad, pero en el fondo la consideraba inofensiva y la comprendía.
Muchos de los argumentos no eran nuevos para mí; ya los había oído en Europa. Pero, a diferencia de Europa, en EE. UU. esta forma de pensar está aceptada. Hay una amplia capa de la población que comparte esas opiniones. No hace falta hablar en voz baja: uno puede expresarlas abiertamente sin miedo a quedar estigmatizado socialmente.
8Sin contradicciones aparentes con el cristianismo
Como muchos estadounidenses, seguía sin darme cuenta de que muchas de las opiniones defendidas en los medios conservadores y por muchos conservadores estadounidenses son absolutamente incompatibles con la fe cristiana, y sobre todo con la católica.

Desde la pena de muerte, pasando por el afán belicista y el desprecio a los musulmanes, hasta la indiferencia abierta hacia los más desfavorecidos y el mantenimiento de un sistema sanitario injusto: son solo algunos ejemplos de los muchos mantras conservadores que contradicen frontalmente la convicción cristiana. Estas posiciones no tienen nada que ver con ser «pro vida».
Pero como la mayoría de las figuras destacadas de este ambiente, al igual que la mayoría de los políticos republicanos, son cristianos declarados o incluso católicos, al final no me parecía que hubiera ningún problema para conciliar los ideales cristianos con la ideología conservadora. Al contrario: la mayoría de los cristianos conservadores de EE. UU. respaldan plenamente la idea política conservadora e insisten en que forma parte de la «verdadera» fe cristiana.
Cuando en 2009 se publicó la primera encíclica social de Benedicto XVI en la tradición de la doctrina social católica, Caritas in Veritate, las estrellas de la radio de tertulia americana la despedazaron. En lugar de cuestionar a Sean Hannity, cuestioné al papa y me sumé a la opinión de Hannity (también católico) de que, como católico, no hace falta dar mucho peso a lo que dice el papa en cuestiones económicas.
Además, en lo personal (sobre todo por el homeschooling de mis hijos) me movía en círculos donde estaba rodeado de cristianos conservadores. Tenía, pues, una caja de resonancia para todos los temas que recogía de los medios, y a menudo tenía ocasión de debatir a fondo la actualidad política con gente de ideas afines.
9Descansa en paz, Jim
El 6 de enero de 2018, un sábado, cuando ya llevaba un tiempo viviendo de nuevo en Londres, me desperté hacia las 6 de la mañana. Cogí el iPhone de forma mecánica y miré la pantalla con los ojos medio dormidos (gracias al modo Night Shift, no tan deslumbrante).

Para mi sorpresa, tenía media docena de llamadas perdidas: todas de Marie, la mujer de mi muy buen amigo Jim de Texas, que había intentado localizarme varias veces entre las 4 y las 4:30.
Luego me había enviado este mensaje por Facebook: «Por favor, llámame en cuanto puedas. Ha pasado algo terrible. ¡No te lo puedo escribir!»
Me puse algo de ropa y bajé del dormitorio a la planta baja. Entonces devolví la llamada a Marie.
Marie estaba sorprendentemente serena cuando me contó que Jim se había quitado la vida con una pistola. Tenía solo 46 años.
Marie estaba de visita en casa de unos familiares en Houston cuando ocurrió, y Jim estaba solo en casa con sus hijos, ya mayores de edad. Louise, la hija de Jim y Marie, encontró a su padre muerto, tendido en la cama.
Me quedé sin palabras, conmocionado. Le di el pésame a Marie balbuceando y le aseguré todo mi apoyo.
Más tarde, hablando con Peter, el hijo de Jim y Marie, supe que el «arma del crimen» era una semiautomática SIG Sauer de 9 mm que yo le había regalado a Jim antes de un fin de semana de caza de jabalíes juntos. En EE. UU. la gente se regala armas como en Alemania se regalan juegos de fondue. Sobre todo entre hombres. Así que no era un regalo extravagante. Pero hasta hoy me siento en cierto modo corresponsable de la muerte de Jim, y me queda un nudo en el estómago cuando pienso en ello.
Jim y Marie eran unos rednecks típicos, pero a los que tenía muchísimo cariño. Casados desde hacía más de 20 años, vivían en un rancho a las afueras de Austin, muy cerca de mi antiguo rancho. Los dos eran fervientes seguidores de Trump y veneraban al ejército. Jim era un apasionado de las armas. No es que tuviera una colección enorme, eso no. Pero en Facebook compartía constantemente publicaciones sobre caza, ejército y armas.
Cuando mi exmujer y yo nos separamos en 2013, Jim fue sobre todo un enorme apoyo emocional para mí. Él y su mujer me pusieron en contacto con el abogado que me representó con tanto éxito en el divorcio. Jim incluso me acompañaba a las vistas en el juzgado. Sí, era un buen amigo que nos había cogido mucho cariño a mí y a mi familia.
Hice varios viajes con Jim: visitamos Stuttgart, la tierra alemana de sus antepasados. Él vino a verme a Londres. Pasamos días estupendos en Las Vegas, Irlanda y Malta. A veces se apuntaba también su hijo Peter, que se había hecho amigo de mis hijos.
Pero también había un lado oscuro: Jim llevaba años con un problema de alcohol y tomaba psicofármacos contra la ansiedad y la depresión. Mientras su mujer, Marie, tenía un buen puesto en un organismo público de Austin, Jim pasó años sin trabajar. No es que no pudiera encontrar trabajo. Simplemente le faltaba empuje y, en cierto modo, se acomodaba en el sueldo razonable de su mujer.
Entonces Marie sufrió un grave accidente de coche y estuvo mucho tiempo sin poder trabajar. A los demás problemas se sumaron una crisis de pareja y apuros económicos. Porque ni siquiera entonces, con la familia sin ingresos, Jim fue capaz de espabilar y buscar un empleo.
Y así pasó sus últimos años en el porche, bebiendo una Dos XX tras otra y mirando a sus vacas en el prado (solo tenía cinco, así que no le daban demasiado trabajo).
En los ocho meses anteriores a su muerte, Jim y yo nos habíamos distanciado un poco y apenas teníamos contacto. Así que no puedo decir qué pasó exactamente en las últimas semanas antes de su suicidio para llegar a ese final, ni cuál era su estado de ánimo.
Pero a principios de enero hablamos para felicitarnos el año y le propuse vernos en mi próxima visita a EE. UU. Marie me aseguró que estaba de buen ánimo y que nadie se habría esperado algo así.
Personalmente creo que al final todo le superó y que, abrumado por la soledad, el miedo al fracaso y la sensación de estar perdido, cargó el arma y apretó el gatillo en un impulso.
10La muerte de Jim y su simbolismo político
El suicidio de Jim no es lo que cambió mis posiciones políticas ni la razón por la que hoy ya no me considero conservador. Eso ocurrió mucho antes.

Aun así, la muerte de Jim tiene para mí un valor simbólico: representa el fracaso de los ideales conservadores estadounidenses. Ideales que los republicanos de Trump venden como lo mejor de lo mejor, incluso como la esencia misma de Estados Unidos y como aquello que lo hace único.
Primero está el individualismo absoluto, profundamente arraigado en la mentalidad y la identidad estadounidenses. En el fondo, todos los estadounidenses siguen siendo buscadores de oro y tramperos. Cada uno a lo suyo. Todos contra todos. No existe el bien común y cada cual solo responde de sí mismo y de su familia más cercana. ¿Soy yo el guardián de mi hermano?
Igual de arraigada está la creencia en la predestinación y el llamado «evangelio de la prosperidad». Según este, Dios colma de bienes materiales a quienes gozan de su favor. Cuanto más rico es alguien, mejor persona es. Y, a la inversa, el pobre es un malvado al que Dios quiere castigar. Así que no pasa nada por patear al pobre cuando ya está en el suelo.
Está también la falta total de red social, que casi hundió a Marie y a Jim cuando Marie tuvo el accidente. Y el miedo a perder, junto con el trabajo, el seguro médico.
O el sistema sanitario estadounidense, que no se ocupa de las causas de una enfermedad mental, sino que receta psicofármacos a toda prisa.
O, en el caso de Marie, analgésicos opioides que la volvieron dependiente y que, en el peor de los casos, llevan en masa a la adicción a la heroína y al fentanilo cuando se retiran de golpe.
Y, por supuesto, están las leyes de armas, que permiten que incluso personas psicológicamente inestables, con psicofármacos recetados y un problema de alcohol, puedan comprar un arma o registrarla a su nombre sin más.
La paranoia ante refugiados e inmigrantes es otra seña de identidad de los conservadores estadounidenses. Hay que protegerse a tiros de los mexicanos sin papeles porque esa «chusma» serían ladrones y violadores. Qué trágico resulta entonces que ningún mexicano llegue jamás a atacar tu casa y, al final, acabes apuntándote el arma a ti mismo.
Lo trágico es que Jim y Marie defendían con vehemencia estas posiciones políticas, aunque ellos mismos las sufrieron de la forma más catastrófica. Jim era un votante entusiasta de Trump y se sentía comprendido y tomado en serio por él.
Claro: ni Trump ni los republicanos tienen la culpa de la muerte de Jim. Pero la ideología conservadora moderna en EE. UU. y sus efectos políticos hacen que las personas vulnerables queden todavía más al margen, que se les niegue ayuda y que, al final, no parezca haber otra salida que un acto desesperado.
11No he cambiado yo, han cambiado los conservadores
Como ya apuntaba, no fue el suicidio de Jim lo que cambió mis convicciones políticas. Entre mi mudanza a Estados Unidos en 2008 y la muerte de Jim en enero de 2018 (para entonces yo ya no vivía en EE. UU.) pasaron casi 10 años. Buena parte de ese tiempo lo pasé en Estados Unidos, en Miami y en Austin, TX.

Cuando me mudé en 2008, era un ferviente seguidor de varias figuras conservadoras, pero bastante pronto me di cuenta de que la era de los conservadores de Reagan tocaba a su fin. Sean Hannity y Rush Limbaugh presumían de ser los herederos legítimos de Reagan, pero enseguida vi que aquello era un disparate.
Un ejemplo: hay un vídeo de campaña de 1980 en el que George H. W. Bush y Ronald Reagan debaten sobre los inmigrantes mexicanos. Los dos hablan de ellos con enorme humanidad, destacan sus cualidades y lo mucho que aportan a la prosperidad de Estados Unidos. Ambos defienden mejores relaciones con México y que los inmigrantes sin papeles obtengan permiso de residencia.
Y hay muchos ejemplos más. Reagan apostaba fuerte por el armamento, sí, pero evitó cualquier conflicto armado e intentó mantener a EE. UU. al margen cuando estallaban guerras en algún lugar.
También en materia de armas Reagan tenía planteamientos sensatos, al menos después de dejar el cargo. Defendía, por ejemplo, que los ciudadanos de a pie pudieran comprar armas de caza, pero no fusiles militares.
En 2008, los conservadores estadounidenses ya habían abandonado estas y otras posiciones y se iban escorando cada vez más a la derecha, impulsados por el Tea Party y electrizados por tener a Obama en la Casa Blanca como enemigo.
Aquello empezó a resultarme profundamente ajeno. Muchas de las iniciativas de Obama me parecían de lo más lógicas. Para mí, Obama no era en absoluto el «rojo» que pintaba la derecha.
Y cuando, encima, la economía se fue recuperando poco a poco con Obama y el apocalipsis no llegó, tuve claro que me había tragado la propaganda de la derecha y empecé a analizar con espíritu crítico a los conservadores estadounidenses modernos.
12Reagan frente a Trump: antes y ahora
Si piensas en Ronald Reagan y en lo que definía entonces al movimiento conservador, frente a los conservadores de hoy con Trump saltan a la vista cuatro aspectos:
12.1Actitud positiva, optimismo y ánimo
Reagan era optimista, amable y transmitía ánimo. Nunca se apoyó en los prejuicios y miedos de la población para lograr sus objetivos. Al contrario, intentaba mostrar las oportunidades que debían abrir sus medidas políticas.

Trump, en cambio, explota los miedos de la gente para afianzar su poder. Se aviva sin parar el miedo a mexicanos y musulmanes, contra los que hay que levantar un muro y armarse.
12.2Fe en principios y valores
Reagan tenía valores y principios firmes que defendía siempre, aunque resultara incómodo. La libertad de todas las personas le importaba especialmente. Basta recordar su llamamiento a Gorbachov: «¡Derribe ese muro!».

Compáralo con el discurso de Trump ante los saudíes, en el que evitó cualquier alusión a su problemática postura sobre los derechos humanos. Trump parece tutearse con dictadores de todo el mundo. En cambio, a otros líderes elegidos democráticamente, como la canciller Merkel, lo que más le gusta es desairarlos.
12.3Sentido común
Reagan usaba el sentido común y no se dejaba cegar por la ideología. Entendía, por ejemplo, que hace falta una red de protección social, al margen de que uno esté a la izquierda o a la derecha del espectro político.

El Gobierno de Trump parece, algunos días, haber desconectado el cerebro por completo.
12.4Tomarse en serio los procesos democráticos
Reagan se tomaba muy en serio el proceso democrático. Su reforma fiscal tardó casi dos años en ser aprobada por el Congreso. La ley se debatió a fondo, se trabajó en comisiones y se fue ajustando sobre la marcha.

La reforma fiscal de Trump, en cambio, pasó por las cámaras a toda prisa, a puerta cerrada y de tapadillo.
13Qué falla en la ideología de los conservadores estadounidenses modernos
¡Qué diferencia con los conservadores de hoy en EE. UU.! El movimiento conservador actual es irreconocible y se caracteriza por el populismo y la ceguera. Pero hay otras cuatro razones de peso por las que ya no puedo apoyar la idea conservadora en su versión estadounidense moderna:
13.1Oligárquicos: los conservadores de EE. UU. luchan por redistribuir de abajo hacia arriba
Reagan aceptaba que los ricos quizá se beneficiaran más de sus bajadas de impuestos que los ciudadanos menos acomodados, pero nunca pretendió aliviar la carga fiscal de los ricos a costa de la clase media.

Esa es, sin duda, la intención de los conservadores actuales. Hacen a propósito que las bajadas de impuestos para los ricos las paguen la clase media y la trabajadora.
Y debería estar clarísimo que una sociedad solo puede sostenerse a largo plazo si tiene una clase media sana. Lo que caracteriza a los países del segundo y tercer mundo es que hay unos pocos superricos y muchísimos pobres. Ese no debería ser el objetivo de los conservadores.
13.2Nihilistas: el movimiento conservador ya no defiende nada
Desde hace unos años, entre los jóvenes está de moda trucar la pickup para que eche humo como una locomotora. El coche no va más rápido ni queda más bonito, simplemente humea y apesta más. Es una forma de hacerles una peineta a los «liberals» y a los «ecologetas».

Es un buen ejemplo de la cultura nihilista de los conservadores estadounidenses. La modificación no tiene ningún sentido y contamina el medio ambiente; solo sirve para lanzar un mensaje: «Que te den».
Sencillamente, no hay ningún principio reconocible que el movimiento conservador estadounidense siga defendiendo hoy. Parece que solo le importa alcanzar el poder y conservarlo a cualquier precio.
Los conservadores presumen mucho de sus ideales cristianos. Pero si miras su política, en la práctica brillan por su ausencia. ¿Quién puede llamarse «cristiano» o incluso «pro vida» y, al mismo tiempo, defender mano dura contra inmigrantes ilegales pacíficos que llevan años viviendo en el país?
¿O quién puede decir con total sinceridad que apoya a la familia tradicional y, a la vez, defender salarios tan bajos que rompen matrimonios y familias, porque los dos miembros de la pareja necesitan dos empleos a jornada completa para llegar a fin de mes?
Los conservadores también se enorgullecen de apoyar a los emprendedores. En realidad, hay innumerables ejemplos de emprendedores que acaban arrollados en beneficio de las grandes corporaciones.
¿Y el partido del Estado reducido? Solo se recortan los programas sociales. En defensa, sobre todo, se gasta muchísimo dinero. De Estado reducido, nada de nada.
13.3Sin sentido: la política conservadora en EE. UU. va contra el sentido común
Muchos conservadores tienen muy poca formación y a menudo no han salido nunca de su propio estado, y mucho menos de Estados Unidos. Y no solo eso: están orgullosos de su falta de formación e incluso consideran que la educación es perjudicial.

No es de extrañar que estos votantes aplaudan cuando se habla de resucitar la minería del carbón. Incluso cuando en partes de EE. UU. las centrales de carbón tienen que cerrar porque la energía eólica ya es más barata que el carbón.
Igual de ingenua es la xenofobia desbocada entre los conservadores: muchos votantes conservadores no entienden lo malo que es en realidad su sistema educativo, hasta llegar a las universidades. Y precisamente las universidades no encuentran estudiantes estadounidenses lo bastante preparados para las carreras más exigentes. Dependen de los extranjeros para llenar las aulas.
Y aquí podemos volver a mencionar las leyes de armas: todo el mundo sabe que EE. UU. tiene, de lejos, la tasa más alta de víctimas por armas de fuego entre los países desarrollados. En 2024 murieron en EE. UU. 44.447 personas por armas de fuego, incluidos los suicidios. Aun así, se niegan en redondo a ajustar mínimamente las leyes de armas para que, por ejemplo, las personas con enfermedades mentales no puedan comprarlas.
13.4Dañina: la política conservadora actual va deliberadamente contra el bien común
Con el fomento del miedo entre la población para afianzar su poder político, con un racismo latente, con decisiones políticas dudosas desde el punto de vista ecológico y con muchas otras medidas, los líderes conservadores ponen en peligro el bien común de forma consciente.

Para sacar el máximo beneficio económico, actúan sin ningún escrúpulo. Lo mismo puede decirse del fallido sistema judicial estadounidense. Ningún otro país tiene más presos. Las cárceles las gestionan empresas que presionan al legislador para imponer penas de prisión cada vez más duras.
14¿Y ahora qué?
Volvamos a Ronald Reagan: él también empezó en el Partido Demócrata y más tarde se pasó a los republicanos. Cuando le preguntaron por ello, dijo que no estaba seguro de si él había dejado a los demócratas o si la dirección demócrata le había dejado a él y a los votantes.

Creo que yo podría decir algo parecido de los conservadores. Cambiar de bando de vez en cuando es perfectamente normal. Reagan también lo hizo. Mis viejos valores conservadores no han cambiado. Y me quedo con ellos.
Encontrarás más temas personales y sobre la vida en el país en nuestra sección Vivir en EE. UU., como mi diatriba sobre los estadounidenses o el artículo El corporativismo no es el libre mercado.
Qué camino hacia EE. UU. encaja contigo, aclarado en una conversación.
- El autor creció en una familia conservadora en Friburgo y ya de adolescente admiraba a Reagan y Thatcher.
- En 2008 se mudó de Londres a Miami, la misma semana en que quebró Lehman Brothers.
- La radio de tertulias y Fox News marcaron sus primeros años en Estados Unidos, hasta que se dio cuenta de que había caído en la propaganda de derechas.
- La muerte de su amigo Jim simboliza para él el fracaso de los ideales conservadores estadounidenses.
- Sus valores conservadores no han cambiado; los que han cambiado son los conservadores de EE. UU.
Cómo te ayudamos
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